Una lectura de Canta un zapallo en mi jardín
Reseña de Ana Luisa Ríos
Hay libros que se leen con los ojos y otros que parecen pedirnos que afinemos el oído. Canta un zapallo en mi jardín, de la poeta Nora Alarcón, pertenece a esos libros que comienzan a hablarnos antes de que terminemos la primera página. Aquí un zapallo canta, una papa conversa, un burro escribe poemas, una olla de barro teme alejarse de la cocina y las estrellas aconsejan en quechua. Esta sorpresa inicial poco a poco se transforma en una pregunta más sencilla y más cercana: ¿en qué momento dejamos de escuchar aquello que siempre estuvo hablando?
Esa pregunta acompaña una de las primeras reflexiones del libro: “¿Cómo puede cantar un idioma si le cortan dos alas?”. Allí está la niña que aprende las vocales del quechua junto a su abuela y también la mujer que años después recuerda aquella enseñanza frente a una explicación académica que parecía quitarle sonidos a su lengua. Entre esas dos escenas se abre el camino de este poemario: una celebración de un idioma que sigue cantando en la voz de sus hablantes.
El quechua recorre Canta un zapallo en mi jardín con la naturalidad de una voz familiar. Está en el ritmo de los poemas, en sus sonidos y en la manera en que la autora acerca a los lectores a animales, plantas, objetos y recuerdos de la vida cotidiana. Al pronunciar estos versos en quechua aparece una música particular: las palabras tienen otra cadencia, otro movimiento, una sonoridad que conserva algo del canto y de la conversación. Leer estos poemas en su lengua original permite acercarse a una sensibilidad que ha crecido junto a quienes la hablan y la transmiten.
Pedro Henríquez Ureña sostenía que América Latina necesitaba dejar de buscar únicamente modelos fuera de sí misma y reconocer la riqueza de sus propias tradiciones. Esa búsqueda de una voz propia encuentra en Nora Alarcón una expresión particular. En Canta un zapallo en mi jardín, el mundo andino llega a través de escenas familiares: una lengua aprendida en casa, una abuela que enseña, una chacra donde ocurren encuentros inesperados, una infancia que conversa con los animales y con la naturaleza. El poemario nace de esa cercanía y convierte esas experiencias en poesía para nuevos lectores.
Esta propuesta dialoga con la obra del taita José María Arguedas, quien buscó una literatura capaz de expresar los Andes desde su propia sensibilidad. En los textos de Arguedas, los ríos, los animales, las montañas y las personas forman parte de una misma comunidad. Algo parecido ocurre en este poemario. El cóndor conversa con el sol, las estrellas hablan con una niña, la papa canta en el jardín y una olla de barro guarda la voz de un abuelo artesano. No se trata de convertir la naturaleza en una fantasía infantil, sino de acercarse a una manera distinta de comprender la relación entre los seres.
Las ideas del antropólogo Philippe
Descola permiten acercarnos a este universo. La separación entre naturaleza y
cultura, tan presente en la tradición occidental moderna, no es la única forma
de mirar la existencia. En muchos pueblos originarios, los seres humanos forman
parte de una comunidad más amplia donde animales, plantas y otros elementos del
entorno tienen presencia y significado como parte de un universo cosmocéntrico.
Los poemas de Nora Alarcón nacen desde esa sensibilidad: el zapallo no canta
porque deje de ser zapallo; canta porque el mundo puede expresarse de muchas
maneras.
Uno de los aspectos más hermosos del libro es la forma en que mira a la infancia. Las niñas y los niños que aparecen en estos poemas no necesitan que un adulto les explique todo. Ellos saben conversar con el viento, escuchar a las estrellas, comprender los gestos de los animales y reconocer los conocimientos que sus abuelas y abuelos conservan sobre las plantas, la tierra, los animales y la vida cotidiana. La infancia aparece como una etapa en la que todavía existe una cercanía natural con el asombro.
Los poemas dedicados a los abuelos y abuelas tienen una ternura especial. En “Mi abuelita” (pág. 18), la lectura y la escritura aparecen como un encuentro entre generaciones. La abuela aprende las letras gracias a sus nietas y esa escena devuelve alegría a una experiencia que durante mucho tiempo estuvo marcada por la ausencia de oportunidades. El poema recuerda que aprender a leer también significa recuperar una posibilidad de participar plenamente en el mundo.
Por su parte, el poema “Las manos sabias de mi abuelita” reconoce conocimientos que muchas veces no aparecen en los libros escolares: saber curar con plantas, observar las señales del clima, preparar remedios y acompañar una pena con una palabra precisa. La abuela representa una forma de aprendizaje nacida de la experiencia. Su sabiduría no necesita un certificado para tener valor.
En el poema “Mi abuelito Timoteo”, el trabajo del artesano se convierte en una celebración del acto creativo. Las manos que moldean el barro dan forma a figuras, pero también a momentos compartidos con la familia. Esta misma sensibilidad aparece en el poema “La olla que no quería ser vendida”, donde un objeto cotidiano expresa su deseo de permanecer cerca del lugar donde nació. La olla conserva las marcas de las manos que la hicieron y de las historias que acompañó.
La naturaleza ocupa un lugar central en varios poemas. En “El cóndor y el sol”, el ave habla del deterioro de su entorno y de la pérdida de las condiciones que necesita para vivir. La preocupación ambiental aparece desde la emoción y no desde el sermón. Por su parte, en el poema “La llama que soñaba con volar” propone otra mirada: la llama descubre que no necesita convertirse en cóndor para tener valor. Su propia forma de existir ya contiene una posibilidad de belleza.
En cambio, el poema “Pato de los Andes” defiende la libertad con humor. El pato rechaza convertirse en un plato de comida y afirma su derecho a vivir como un ser silvestre. La sonrisa que provoca el poema convive con una idea sencilla: cada ser merece ser reconocido desde aquello que es.
Los sueños también tienen un lugar importante en el libro. El personaje del poema “La niña astronauta que vendía tomates” imagina viajes espaciales mientras trabaja en la feria. Un libro azul abre para ella nuevos caminos y demuestra que la imaginación puede crecer en cualquier lugar. Koki, el burro poeta de la chacra, escribe aunque algunos se burlen de sus versos. Su historia recuerda que la poesía no es propiedad de un grupo de personas ni necesita permiso para existir.
La lectura aparece celebrada con especial alegría en el poema “El ratón que leía de noche”. El ratón Anacleto disfruta los poemas de Vallejo y Neruda y convierte la biblioteca en un espacio de aventura. El libro nos habla de la lectura como un encuentro lleno de alegría, como una puerta que se abre cuando alguien descubre el placer de las palabras.
Martin Lienhard ha señalado también la presencia de la oralidad en muchas expresiones literarias latinoamericanas. En Canta un zapallo en mi jardín, esa relación se percibe en los ritmos, en las repeticiones, en los diálogos y, sobre todo, en la sensación de estar escuchando una historia contada en familia. Estos poemas tienen algo de canción, de juego y de relato compartido.
El humor recorre todo el libro y le da una energía especial. Hay un huevo, por ejemplo, que decide conocer el mundo, un viento travieso que entra en la escuela, una linterna hecha de caramelo, un gallito que baila marinera y un zapallo que reúne a las verduras para celebrar. Esa alegría permite que temas como la lengua, la educación, la relación con la naturaleza y el vínculo con los mayores lleguen a las y los lectores más pequeños con cercanía.
Al cerrar Canta un zapallo en mi jardín, volvemos a la pregunta que abre el libro: “¿Cómo puede cantar un idioma si le cortan dos alas?”. Esas alas aluden a las vocales que, desde ciertas miradas normativas, fueron excluidas de la representación escrita del quechua, desconociendo la experiencia lingüística de sus hablantes y el derecho de los pueblos originarios a recibir una educación que dialogue con su propia lengua. Quizá la respuesta se encuentra en cada uno de estos poemas y en cada lector que se acerca a ellos: una lengua conserva su vuelo cuando puede jugar, cantar, contar historias y acompañar la imaginación de quienes llegan después.
En estas páginas el quechua aparece unido al ritmo, al humor y a la imaginación. Sus palabras tienen una sonoridad particular cuando se pronuncian; llevan una cadencia que no solo comunica significados, sino también una forma de acercarse a lo que existe alrededor. Leer estos poemas en voz alta permite descubrir esa música: el movimiento de los versos, la riqueza de sus sonidos y la alegría de una lengua que sigue creando.
Nora Alarcón ha escrito un poemario donde la infancia, la lengua y la tierra conversan sin jerarquías. Aquí los zapallos cantan, las estrellas aconsejan, los animales tienen deseos y los abuelos siguen compartiendo sus saberes con quienes los reciben. Al terminar la lectura queda la sensación de que hay formas de nombrar y comprender el mundo que permanecen vivas mientras existan voces que las pronuncien con cariño y respeto.
Y quizá esa sea la magia de este jardín: descubrir que los zapallos no empezaron a cantar ahora. Siempre estuvieron cantando. Éramos nosotros quienes necesitábamos regresar para oírlos.


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