
martes, 7 de abril de 2009
MADRID: UNA CIUDAD, MUCHAS VOCES
Es una antología que reúne voces interesantes. Tiene una génesis muy singular. Todo empezó casi... en un bar donde estuve reunida con Juan José Soto que ya tenía la idea de hacer un ciclo de poesía , tras asistir a una lectura del poeta chileno Raúl Zurita en Casa de América, después de una tertulia donde estuvimos en octubre y tambien un reencuentro en enero con Oscar Pirot donde le comentamos el proyecto que le hacía ilusión a Juan José, alucinando un poco en como se llamaría en primer lugar el nombre del ciclo y luego la respectiva antología . A mi se me ocurrió algo como: Bajo la piel la de la palabra (algo que me sonaba bonito. Pero, que nunca me aclaré la autoría del verso). Existió otras frases de sugerencia en aquellas circunstancias como: La incandescencia del verbo; propuesta por Juan José que tambien fue descartada. En la clausura del ciclo Juan Soros me dijo: que le alegraba que Miguel haya participado en el prólogo ya que conocía a la mayoría de los poetas.
No creo en la democracia del arte sencillamente publico desde mi óptica personal al ser mi blog de autor. Además con todo esto recordé que Miguel en el 2004, escribió algo sobre mi libro y como no quisiera que se quedara en el desván de los olvidos , lo publico luego del exquisito prólogo de la Antología del ciclo Madrid: una ciudad,muchas voces. Finalmente mis flores de gratitud al iniciador de esta historia a Juan José Soto.
Poetas en Madrid
Este lazo poético que reúne a 19 vates contemporáneos de España, Perú, Argentina, Cuba, Chile y México, dentro del CICLO DE POESÍA HISPANOAMERICANA Y ESPAÑOLA, titulado “Madrid: una ciudad, muchas voces”, es la muestra palpable del hermoso fragor de una lengua, la lengua de Federico García Lorca, de César Vallejo, de Alejandra Pizarnik, de José Lezama Lima, de Pablo Neruda, de Octavio Paz. Es también el espejo que refleja, con “airado verbo” (cito una imagen de uno de los poetas antologados), el espíritu vivo de una ciudad cuyo hervor cultural trasciende, hoy más que nunca, toda frontera: Madrid (“rodeada de laurel infinito”, decía Neruda). Y estas son sus voces; voces que pueden hablar con dios en el metro, voces que hacen el amor en una habitación vacía, voces que nacen ante el mágico humo de una taza de café.
La poesía es lenguaje y el lenguaje es la casa del ser (Heidegger), y en esta casa encontramos distintos ámbitos en los que reconocemos diferentes tradiciones estéticas, las cuales han guiado cada registro personal. Estas vertientes poéticas son:
Poesía mítica y simbolista. En este grupo hallamos a Nora Alarcón, con una poiesis de los elementos que fluctúan en sus vaivenes temporales o cíclicos: “el viento secaba esas lágrimas/ siguiendo las huellas del reloj”, y en una dinámica con lo concreto: “sumergido en este galope sin estribos/ en un zaino desbocado de vacío”. El poeta Miguel Ángel Gara tiende a la reflexión: “Una sombra caía camino de la casa/ y puede que la sombra deslizándose/ fuera una sombra ajena”; la agudeza en la mirada aproxima lo vasto a lo terrenal: “La/ imaginaria/ forma de una gota/ evaporada y transportada/ del océano aún tibia a la palma/ de la mano, que un ojo imaginario mira/ fijamente”, he ahí el resumen de lo que es este arte. La poesía de Alberto Lauro gira en torno al tema del sentido de la vida; sus referentes son históricos, Delfos: “Cruzar el mar. Perdido en las ciudades. / Pasar entre las brumas la intemperie. / Inerme está el que para siempre escapa/ extranjero hacia la noche de las islas.” O Bizancio: “Un día amanecieron las casas desiertas, / los templos vacíos, / los pergaminos quemados. / El ejército enemigo/ había tomado mejores posesiones.” Juan Soto es un poeta marcadamente simbolista: “Poesía es una antorcha/ Enciende palabras/ Ojos inmóviles/ La ansiosa mirada de la muerte.// Encendido rayo cada verso/ En el naufragio de la noche”, vemos que sus visiones expanden nuestros límites hacia nuevos conocimientos.
Poesía del deseo y de la mujer. En Cecilia Quílez nos hallamos ante el cuadro de Venus, espejo que igualmente nos confronta y nos revela: “Veo ropa mojada que está sobre mi almohada/ y el rastro pegajoso de una caracola/ víctima de melancolía.” María Sangüesa se entrega al vertiginoso tema del amor: “Escucho un oscuro ruido de tormenta. / Dame tu mano, amor, de entre la niebla.” También nos hallamos ante lo mitológico, Lilith: “modelaré la arcilla de mi cuerpo/ rota, aquí, en mil fragmentos de quebranto/ y seré de nuevo hembra, aún en la sombra.”
Poesía existencial. En los poemas de José Luis Gómez Toré los objetos son dominios flagelados del tiempo, bajo tal rigor solo queda la redención o el desvarío: “Qué haremos con la luz, / con el olor que vierte/ como un perdón la lluvia, con el grito/ bárbaro del vencejo”. Oscar Pirot nos acerca con deslumbramiento a lo trascendente: “Del cenit al nadir/ cueva de aire/ la boca minúscula/ puerta de navajas/ inhala de un gesto/ el cadáver del día.” Juan Soros va directamente hacia las esencias, de ahí su poética ligada también al silencio: “Llevo muerte/ escrito en los ojos/ (abismos)”. Julio Espinosa Guerra nos envuelve en meditaciones en torno a las inmensas preguntas celestes: “El río/ no es dios ni río/ no pasa/ frente al ojo/ ni es el ojo// Nada ocurre sobre el río/ que el río no haya pensado antes/ Sólo el que naufraga/ y sobrevive a esta red/ sabe que hay otro reverso”. Iluminaciones presentes también en lo cotidiano: “Te metes en la bañera. La palabra agua poco a poco te cubre hasta el cuello. Y allí permaneces toda la vida. Hasta que la masa amorfa de tu piel se funde del todo, y la bañera, y el agua.” Luis Luna, no en ensimismamiento ni hermetismo, dialoga con su otredad: “Como un útero/ el cuarto/ te contiene/ (y que una voz te diga hacia los otros. Y que esa voz te calme)/ en el pronombre tú”.
Poesía urbana. Eduardo Fariña aborda la modernidad con una aguda ironía: “ENTRÉ a ese bar/ un día X de invierno en Zaragoza sin aguacero// ME FUI a 1 rincón poblé con libros la mesa y servilletas/ y lápices, novelas de escritores norteamericanos, poetas conosureños/ y algún sudafricano, postales y cigarrillos no faltaron”. Es una voz que se hace visible también en medio del tráfico: “un fragmento rodeado de nada/ a manera de insularidad que no mata pero/ hace más fuerte el nuevo paso”. En Jesús Malia la ciudad contrasta, choca, con la naturaleza perdida de sus habitantes: “Es un pozo sedente en el hombre su alma, / le echa amor y no colma, / le echa dios y no sacia.” Es así que volvemos al origen como salvación: “He salido a caminar como el árbol camina/ al hundir su raíz.” Eduardo Rezzano realza la crítica y la ironía: “7 jabalíes tomaron por/ asalto/ el Centro de Cazadores de La Plata”. Su lúdica voz logra cuestionar nuestras máscaras: “El señor Tinaja/ –cuando llueve–/ se sienta solo en/ el patio/ la cabeza erguida/ las manos en/ la cintura”. Diego Valverde Villena hace perenne lo transitorio: “A lo largo del viaje/ la mujer de tu vida se te escapa repetidas veces, / siempre en el lado opuesto de la vía”; y a veces esos viajes son interiores: “Ese mapa que me diste/ de tu corazón/ es como uno de esos mapas turísticos”. En Jessica Zorogastúa lo absurdo o fantástico se vuelve cotidiano: “Esta mañana he asistido/ a una rebelión infame de mis zapatos, / víctimas proclamadas de mi indecisión, / que, quemados en el asfalto de la anónima urbe, / cansados de correr sin rumbo fijo/ y prisioneros de unos pies toscos pero sin complejos/ han dimitido.” Antonio Ruiz Pascual aproxima voces peruanas (“Las calles tiemblan/ estallan los cristales de los edificios/ la gente se arrodilla sobre el asfalto”) con las de Madrid (“desnudemos Madrid deshojando sus calles, / desnudémoslo hasta que se quede tan desnudo como nosotros”).
Poesía de la memoria. Rodrigo Galarza nos entrega la crónica trágica de seres marginales: “los hijos del cobre/ salen del centro de la tierra// sacan a pasear la memoria de los ríos detenidos/ en las vetas de sus cuerpos / cuencos de ternura olvidada/ en ponchitos de vicuña// con la muerte entre los dientes”. Miguel Pastrana testimonia los instantes antes que sean devorados por el olvido: “Es cierto; era Madrid, madrugada/ de sábado a domingo, fin de Junio. / Y no había canales o palacios flotantes, / sino asfalto y calor, y borrachera/ solitaria// Pero también, en cierta forma, era/ Venecia, con balcón abierto, luz/ moteando la penumbra en la ventana”. Unos versos de su poema dedicado al poeta Antonio Machado tal vez resume el significado de esta reunión de voces en Madrid: “Valió eso, poeta, capitán/ de ciudadanos, hombre alerta/ detrás del sueño. / No hay muerte: espera. / Tu palabra alza un muro/ de claridad.”
Sí, la palabra alza un muro, pero de claridad, de libertad, y aquí tenemos a los que la trabajan, en un coro de voces, en un muro hecho de una sola lengua; la lengua del Arcipestre de Hita, de Sor Juana Inés de la Cruz, la de todos los que caminan, luchan y sueñan en Madrid. La poesía nos ha convocado. Aquí el lector encontrará su voz.
Miguel Ildefonso
Lima, miércoles 4 de marzo de 2008
ES LA POESIA QUE NOS INVADE
Alas del viento de Nora Alarcón
Orfeo, poeta y músico griego, hijo de Apolo y de Clío podía hacer, con el sonido de su voz y de su lira, que los ríos suspendieran su curso y las fieras se amansasen. Sobre este dominio del arte sobre la naturaleza se basa Alas del viento para hablarnos del antiguo mito del amor. El amor como una lucha entre los elementos. El viento es fuerza, pasión; las alas precisión, equilibrio, arte. Basta saber que el amor es misterio para no pretender hurgar demasiado en sus fondos, porque si no se lo puede perder, como sucedió con Orfeo al romper la prohibición y mirar el rostro de su amada Eurídice antes de salir de los infiernos. El misterio del amor es, precisamente por esta condición, lo que da poder al poeta y a los amantes, para conseguir el vuelo, para la elevación. Lo decía el Albatros de Baudelaire. El viento ocupa el espacio de la eternidad, en donde se quiere permanecer; mientras las alas ocupan el espacio poético, donde aquellas aves danzan, como versos, a la caza del silencio en el papel. Ambos espacios se conjugan en la palabra y en el fuego. Pasión es el fuego, mesura la palabra. Poesía simbolista la de Nora Alarcón; poesía que trasunta del templo de la naturaleza, o la contemplación o las correspondencias, hacia los campos épicos de amor y muerte, con una voz auténticamente lírica. El arte y el amor son un don, nos dice la poeta, pero agónica es la lucha por trascender nuestra materialidad y temporalidad. Por la poesía y su levedad, nos liberamos de las cadenas del dolor de existir y de nuestra condición solitaria de seres perentorios. Y es por todo ello que el caballo alado de la poesía ha colocado a Nora Alarcón en un buen sitial dentro del espectro poético peruano más reciente.
Miguel Ildefonso
Apolo, Noviembre, 2004
lunes, 6 de abril de 2009
domingo, 18 de enero de 2009
EL AMOR EN LA TORMENTA O LA RELACIÓN DEL INSTANTE DEL FUEGO EN LA LÍRICA DE NORA ALARCÓN

Por José Pablo Quevedo
Desde su Ayacucho querido, la poeta peruana Nora Alarcón, nos ha enviado a Berlín un bello libro de poemas, editado recientemente por la Asociación Peruana Del Libro, en una edición bilingüe (castellano-alemán). Esta edición está dedicada a la Xma. Cita de la Poesía: Latinoamérica – Berlín 2005, que se va a realizar en Berlín desde el 29 de abril hasta fines de mayo, y donde la autora del libro va a participar como invitada.
Desde su Ayacucho querido, la poeta peruana Nora Alarcón, nos ha enviado a Berlín un bello libro de poemas, editado recientemente por la Asociación Peruana Del Libro, en una edición bilingüe (castellano-alemán). Esta edición está dedicada a la Xma. Cita de la Poesía: Latinoamérica – Berlín 2005, que se va a realizar en Berlín desde el 29 de abril hasta fines de mayo, y donde la autora del libro va a participar como invitada.
Hace poco he hecho un comentario breve sobre la poesía de Nora Alarcón para la célebre revista Alhucema de Granada, ahora me extiendo también brevemente sobre la relación del Tiempo hecho Momento en la lírica de la poeta.
Tiempo y Viento, se hacen símbolos pares en la relación del concepto literario de Nora Alarcón. Ellos se anudan y se desatan alados, se condicionan y forman los instantes de la pasión y del regocijo. El Tiempo es algo consubstancial consigo mismo, algo que se realiza en los instantes. El instante es el Ente dinámico de la pasión existencial que fluye en las imágenes que animan la voz pura e intimista de la poeta.
La proyección del momento no es pasado, si no algo haciéndose, que se hace, que vive y atiza la llama de una pasión, la hoguera, la tempestad, ellos están permanente reproduciéndose.
En esta dialéctica, el instante germina, se desarrolla en el viento, en la tempestad, en donde fecunda, se procesa, y queda al final de una batalla, como gotas luminosas que se han realizado temblando desde la tormenta.
El momento vive, no pregunta a la tormenta. El momento es la tormenta del tiempo. La tormenta rescata lo vivido en esa intensidad de las pasiones. Lo que se sucede, se sucede, y pasa, aunque quede grabado en la memoria: “Deja, ya fue / nada se puede detener / No tiene remedio.” Y aunque la memoria sepa, o no sepa, si esto fue cierto, hay que volver a llenar ese nuevo vacío que también se hace constante. Por qué para la poeta, el vacío existe, y hay que llenarlo permanentemente con el amor en la tormenta, en la marea, aquí ellos, encuentran sus fuerzas centrifugales.
En cambio, el viento, "es el momento del tiempo", de la intimidad, de la pasión de los recuerdos que forman las hogueras, que disipan y avivan las tormentas, que abren las mareas, que traen los alazanes de viento y que invita a las cabalgatas, y de allí, irradian los arrebatos y los desvaríos, los orgasmos. Ellos son como bálsamos que acicatan lo que, acaso, verdaderamente se vive, lo que acaso queda, y es verdadero: “Este viento visita mundos / de carbón suicidas al rojo vivo, en escalofrío eterno.” Más aún, su yo íntimo tiene un tono tempestuoso: “El viento en la tormenta / trae un nombre / pronunciado como susurro/ a cada momento.” El viento tiene la libertad de elegir a dónde ir, a dónde perderse o quedarse, el no reconoce el espacio limitado, si no aquel que está designado por la memoria y por lo que él nos ofrece: “Lejano en esta hoguera / eres una melodía / traído por las brisas.”
El viento hace / disipa la tempestad, allí crecen las mareas, el amor vibra, la carne arde, y lo vivido es como un paso que fue, que se hizo, que se repite... “Este viento es un delirio/ Anima todos los tiempos / En noche de presencias / con extrañamientos de fuego /La música fulminada al silencio.” El instante es un paso permanente del tiempo, huellarios de huellarios, un principio y fin que no se agota, que se enciende constante, es algo "que fue / que nada puede detener", aunque quede abierto como una cicatriz. Esos pasos del instante nos reconfortan, nos alientan, nos mueven, aunque después, todo sea una ilusión; ilusión que siempre hay que saber llenar como un cántaro para apagar la sed. Sólo el instante permanecerá haciéndose, realizándose en su dinámica. Ese instante es el fuego: “El viento atraviesa las fronteras / trayendo tu presencia en instantes de fuego.” El fuego aviva lo sensual, consume, nos trasporta al delirio. El fuego es lo único que llena el vacío, pero es un instante breve, después vuelve la calma y en la calma, otra vez, empieza la llama a encenderse.
También los momentos del tiempo (cual cadenas constantes), se mueven, se impulsan en una lucha permanente, son contrarios al vacío, que lo incentivan y tratan de desalojarlo o llenarlo, y esto resulta como pretender algo imposible. El vacío es una nube que no se evapora, que va y vuelve, forma una eternidad subjetiva entre ambos pares, en un juego de llenar y de vaciar, de saber que siempre hay algo que no está saciado en el corazón, y que aquella sensación no se acabará de llenar totalmente; de allí, que emerge una su voz íntima y desesperada, que nos habla en singular: “¡Llámame /Multiplícame con tus acordes / No seré otra si no tuya / en la marea.”...”Te disipas antes de empezar / ¡lumbre, lumbre que nunca llegas!”
El yo subjetivo de la poeta, discurre, se mueve en el instante del tiempo en un juego contra el vacío, como algo que hay que llenar y que no se sacia de realizarse definitivamente: “...El amor es un ensueño / que a veces nos arrastra al vacío.” Todo se aloja en la soledad y el recuerdo. “Es la soledad la que mata / A la orilla de los fuegos más candentes.”
La voz apasionada de Nora Alarcón, por eso queda temblando, cual flecha Zenón, en los instantes del tiempo pasajero y efímero. Y allí su escepticismo, por qué sabe que esa realización es vana, que no se puede vencer, que necesita el amor y la pasión como un medio para calmarla, pero que no puede agotar. Su voz desencantada suena: “Plegaría que el tiempo fue jamás / entre las aguas del río en nuestras rutas.”
El Tiempo también es testigo del Destino. Pero el Destino no es Dios quien absolutamente determina las cosas, no es Dios quien impulsa lo que debe o no debe de hacer el Hombre, por lo menos, en una parte de los Andes, lo constata la poeta: “Aquí uno se olvida las razones de Dios / en la inmensidad de las alturas y del eco de las lluvias, donde lo elemental prevalece.”
El tiempo- instante es el actor del teatro de la vida en las alturas, y lo es en la poesía de Nora Alarcón, instantes de un juego con el paso permanente del viento, que lo hace un amante, o potro, o un instante cual reloj dejando huellas.
La poesía en Nora Alarcón se desprende como una ilusión, como un ensueño que hay que saber ganar en los momentos de las hogueras, allí en el fuego que nos marca en los “movimientos de la luz” y saber rescatarla jugando constantemente con “el vacío bullicioso de multicolores reflejos fosforescentes”, para que el fuego no se vaya definitivamente de la memoria.
* Artículo que forma parte del estudio del poeta José Pablo Quevedo sobre poesía peruana “La Totalidad y las Parcelas de la Literatura Peruana”: http://www.josepabloquevedo.com/nora1.htm
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